La observadora

En las garras, la presa sumisa,
en la mirada, el desafío.
Humedades que asertan
 
Naturaleza que burla toda resistencia
Quieres ser la mujer, ultrajada y vulnerada
Quieres ser el hombre: raptor, profanador
 
Quieres ser ranquel y quieres ser cautiva
 
Indio vengando en la mujer del insolente
– “Sembrarás en mi tierra, sembraré en tu mujer.”
– “¿Quieres tierra de blancos? Te haré nación de mestizos.”
 
Cautiva orgullosa, razón del entrevero
-“Soy tu trascendencia, mata por robarme.” 
-“Yo soy tu utopía, mata por recobrarme.”
 
Quieres ser el Conquistador y La Malinche
Esperma invasor, conquistando mundos,
vientre fértil, concibiendo razas.
 
“No me quiere el que viene, no me quiere el que está.
No importa, yo y ustedes somos el pasado
El futuro es en mi vientre, es el único que será.”

El amante virtual

Siento las caricias de manos que nunca me han tocado
Dedos sin suavidades, boca sin sabores
Siento la tibia humedad de labios que nunca he mordido
Oídos sin susurros, nariz sin perfumes
Siento las presiones de pechos que nunca me han rozado
Amante virgen, enamorado sin compromisos
Siento el sabor de oralidades que nunca he regalado
Aventurero sin cicatriz, tenorio sin riesgo
Siento el abrazo de piernas que nunca me han acunado

Malamado

Malamado
Quiero saber cuál sos
¿Sos esa o… sos aquella?
decime quién de las dos

en cuál me gozarás
en quién te gozaré
a quién daremos solaz

A cuál por vos retar
Por quién te debo enfrentar
De quién seré trofeo

Dobleguemos entre nos
a tu secuáz contra mí,
a mi socia contra vos

Carta I

Querida jueza:

Entregado, vengo con esta, la primera de las cartas de las que me reclamaste para mi proceso.

(Te recuerdo, me prometiste un juicio justo).

Fue por una manzana. La primera vez que me di cuenta de vos, me estabas ofreciendo una manzana. Era claro, debía huir, pero no lo hice. ¿Acaso hay algún tonto que no sabe cuál va a ser el destino de un hombre al que una mujer le ofrece una manzana? Pero, arrogante, me creí inmune.

Una mano de mujer sostenía la invitación en forma de fruta, desprevenido busqué a qué se me tentaba: la receta de un postre, nada peligroso, leí con curiosidad culinaria: “4tazas … (mmhh) … azúcar, canela, … se desgrana e intercala …(ajaja) … se baña c/2huevos y leche… (¡uhhh!)”. “Me parece que acá están diciendo algo más”, pensé. Volví a la fotografía, miré con más cuidado y detrás del verde fruto estabas vos (no digas que no eras vos, que era solo una foto de catálogo, ya es tarde, ahora ya caí, bribona). Me absorbí indagando la imagen, la mujer estaba en intimidad, ofrecía intimidad en impúdicas prendas negras con puntillas. Dios me proteja, a qué Eva más tramposa vine a subestimar: me llamaste con una manzana, me endulzaste con azúcar y canela y me enredaste entre tus puntillas para hacerme perder en la oscuridad de tus enaguas.

Por un momento creí escaparme, me sentí libre de vos cuando un par de veces vi pasar tu osadas fotos y mensajes; locura la de mi lógica: me sentí libre porque me diste temor, “Ahí no tengo que ir, me gustaría pero no me conviene”, pensé. ¿Pensé? No pensé nada, si cada palabra tuya, es un hilo de la telaraña que, quieras o no, tejés sobre mí. Pero, aún no me daba cuenta, me hice el desentendido, me olvidé.

Pasaron unos días y cuando ya había bajado la guardia recibí otra de tus estocadas: ahora era una mujer ofreciendo los placeres de la cocina y del amor la que arrastró mis ojos hasta tus palabras, volviste a tentarme con la misma fruta “Manzanas al horno, partidas al medio, con vino blanco, les sacas el corazòn y rellenàs con azùcar…”, necio otra vez, como un demonio tentado que busca tentar grité al aire: “Te saco el corazón y te lleno de azúcar”, esperando atraer alguna inocente a la que pueda robarle placeres. No me daba cuenta que la víctima inocente a la que le estaban sacando el corazón era a mí.

Mi mirada quiso solazarse un rato más en la imagen de la mujer ofreciéndose. Recordé aquellas osadías que desprecié y curioso me puse a explorar tus fotografías; que “buscaba conocerte” era la excusa de esa inquisición. No podía creer lo que encontré, descubrí el universo paralelo del mío: allí, la mujer era exactamente del modo que yo la deseaba, insolentemente desnuda para mostrar cuan bella es y libremente entregada para ser atada al placer.

Fue mi perdición, corrompido por mi mirada onanista caí en el deseo de poseer y me asaltó la pregunta ¿Seguro que son todas fotos de catálogos? ¿Todo es cut&paste? ¿Alguna de esas señoras eras vos? Quise saber, miré y miré frenético buscando un indicio ¿Serás esta o serás aquella? Me preguntaba sin percibir que así, dócilmente, iba metiendo cabeza y manos dentro de tu cepo.

Esto no podía ser, debía dar un golpe de timón, tomar control de la situación. Decidí, todavía arrogante, envolverte con mis palabras. Avancé con la verba como lanza y grité convencido de mi victoria: “¡Serás mi trofeo, mujer!” Que iluso, a poco de comenzar, ya te había hecho propietaria de mis secretos. Ni siquiera sé quién de los dos cavó el pozo en el que caí. Tu conversación era arena movediza, el intento de justificar la anterior infidencia me llevaba a una peor. En ese momento creía tener una poderosa razón para esas confesiones, hoy ya no sé cuál es. Creo haber dicho que era para darle sentido a conversaciones posteriores. ¿Conversaciones posteriores? ¡Ja! Ya te daba por atrapada y el único encadenado era yo.

Orgulloso y soberbio fui para atraparte y someterte y acá estoy: un reo, que con cada maniobra de descargo, se hunde más en su miseria y se vuelve más sumiso a tus designios, mi jueza.

Yo